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#3 Ciclo

El tránsito impredecible de las cosas sensibles - Carlos Mesa

UNO

¿Quién podría desear a otro sin la compañía de algún fantasma erótico? ¿Cómo podría alguien desnudarse sin sentirse, sin manifestarse ya vestido?

Resulta fácil advertir que tanto el desear como el desnudarse, presuponen la coexistencia de alguna «cosa sensible», estimuladora o animadora de cualquier posible desenlace amoroso. Y, si así ocurriese, también advertiríamos que, opacando la vida real, otra vida segunda —la de estas cosas sensibles— hubo de manifestarse.

¿Quién podría habitar, marginado de la imaginación del hábito? Por ejemplo, ¿quién podría hacerse de una cama hospitalaria sin recoger, apropiarse, reunir y ponerse los restos sensibles de las cobijas que ampararon y acogieron a otros anteriores, a otros quizá lejanos y esperados, por venir o ya muertos?

El hábito (bien el «resto» viviente —las figuras y maneras de la libre tradición—, bien el deseo abocetado —las sensaciones supuestas que ya vienen en algún proyecto imaginado—), que aún no es cosa física, sí es imagen-perceptible-sensible, necesaria hacia el habitar.

A cada proyecto arquitectónico —antes, en él y después de él— lo rondan variedad y multiplicidad de imágenes sensibles del habitar, que perturban con toda eficacia y de manera impredecible e indecible, la prefiguración del arquitecto.

DOS

“(…) las cosas no son de por sí perceptibles. Necesitan devenir perceptibles. Si lo sensible no coincide con lo real, es también porque lo real y el mundo como tal no son de por sí sensibles, sino que necesitan devenir sensibles”. 1

De la misma manera como un vestido torna sensible al cuerpo carnal y lo hace aparecer como cuerpo ya sentido que se enseñaría a alguien, la arquitectura (el hábitat, el hábito) también tiene esta tarea imprescindible: opaca el afuera insensible y des-oculta mundo. Lo anima, lo descubre, lo dispone al contacto con alguien (lo manifiesta, lo muestra, lo presenta, lo deja ver o percibir). La arquitectura no se inserta en un paisaje dado; es ella quien lo descubre, quien lo crea sensible hacia nosotros los que habitamos. El paisaje solo vive en el ciclo de la imaginación y la arquitectura es, ante todo, aparición, ficción.

 Esta es su más cierta potencia: sin ella no se podría habitar en ningún paisaje viviente, sólo “dormiríamos inertes como arenas del desierto”. La arquitectura torna habitable lo inhóspito, pero al hacerlo, lo hace en su condición de imagen sensible. Ficción (que por fortuna no perturba el sueño de otras vidas, menos las malogra). Al hacerlo, abre «otra realidad»: simplemente la de la vida sensible, la de la imaginación.

TRES

El ciclo de lo viviente (de lo animado-animal) viene dado por la necesidad de devenir sensible de lo insensible, en el constante perderse insensible de lo sensible. Para quien habita, la vida es la persistencia cíclica o la resistencia recreativa de la vida de las imágenes (en el medio adverso de los objetos y sujetos de una razón tecnológica despiadada, que desconoce, con voluntad e interés, otras maneras de existencia). 

Sin matarla, sin malograrla “un hombre no puede vivir sobre la madera, su imagen sí”. ¿Será esta la potencia más gratificante de esta segunda vida, la vida sensible? ¿Será el respeto hacia otras vidas, el poder de la imagen, del simulacro? Y el ciclo de esta vida sensible ¿podrá ser el ir y venir de nuestros fantasmas, de nuestros vestidos y hábitos (su tránsito libre), queriendo dejar a la otra, a la vida física, incólume?


1 Emanuele Coccia (Universidad de Freiburg, Alemania); La vida sensible. Buenos Aires: Editorial Marea, 2011. P21.