mesæstandar

#3 Ciclo

Perdurabilidad y control - Rodrigo Toledo y Juan Camilo Ramírez

Hace algunos años, cuando era un estudiante de arquitectura, me enseñaron a hacer edificios. Fui entrenado para tomar decisiones que permitieran definir el proyecto; que lo dejaran aparecer. En la mayoría de los casos el interés de estas decisiones estaba relacionado con la prefiguración del proyecto como objeto, volumen, materia, espacio y desarrollo técnico. En tanto objeto, el proyecto se dibujaba y presentaba de tal manera que sus consideraciones y propiedades quedaran totalmente resueltas. Un buen proyecto en mis años de universitario era aquel al que no le faltaba nada, aquel en el que el estudiante había tenido la habilidad de resolverlo casi todo. Aprender a proyectar requiere de esto; pero demanda también reconocer que el proyecto no es solo el edificio –como hecho construido estático y cerrado– sino, en simultáneo, una serie de acontecimientos y fuerzas que lo anteceden y atraviesan. Ante la noción de una arquitectura atemporal –desprendida del tiempo estética y utilitariamente– promovida por la mayoría de mis maestros, se antepone la realidad; se antepone el hecho innegable de que la arquitectura es desbordada y filtrada por la vida antes, durante y después del hecho construido de un proyecto. El edificio es menos importante de lo que pensamos, es más un momento del proyecto que su materialización final.

En 1998 se construyó la célebre Casa en Burdeos1 de Rem Koolhaas. Cualquiera que estudie este proyecto notará el alto nivel de control al que está sujeto por parte del arquitecto; desde la definición de sus niveles a manera de secuencia espacial diferenciada según el programa –casa cueva, casa transparente y casa perforada–, hasta la obsesiva disposición de las ventanas del tercer nivel en relación con las condiciones específicas de los habitantes de la casa. Aparentemente todo está definido, controlado y cerrado. El único espacio dotado de cierto grado de flexibilidad es el ascensor, estructurado como una plataforma sin cerramientos que servía de oficina móvil para el padre en silla de ruedas, permitiéndole atravesar las tres casas verticalmente. A la muerte del padre, dicho espacio transformó su uso para convertirse en un dispositivo relacionado con el juego y el ocio dentro de la casa. La casa se tornó inesperada y sorpresiva precisamente en el punto más abierto y menos controlado. Por otro lado, la casa Latapie2 de Lacaton y Vassal (1993), también construida en Francia, se define como un proyecto en el que la mitad de su área está bajo el control de los arquitectos, mientras que el espacio restante se dispone para lo fortuito. Localizada en una parcela con frente hacia una calle y dotada de un jardín trasero, la casa se diseña como dos volúmenes adosados: hacia la vía aparece un cuerpo de dos niveles hecho de madera y paneles de fibrocemento que alberga el programa básico de la casa, mientras que hacia el jardín se levanta un volumen tipo invernadero; un espacio a doble altura construido en estructura metálica con cerramientos en policarbonato transparente. Aquí los arquitectos definen lo estrictamente necesario para controlar la iluminación y ventilación natural mediante puertas, ventanas y pérgolas; el uso y la disposición del mobiliario quedan a voluntad del habitante. Un sofá, una mesa grande para muchos comensales, mesitas pequeñas llenas de objetos, aparadores, sillas y alfombras…, una habitación extraña y difícil de nombrar en una planta arquitectónica, cuya ubicación semi exterior condiciona su uso a los ciclos estacionales durante el año.

En los dos proyectos hay algo cuya decisión no estuvo en cabeza del arquitecto, sino del usuario. En el caso de Koolhaas da la impresión de ser un hecho no intencional, algo que se escurre entre los dedos del arquitecto en el ejercicio del control del proyecto. El caso de Lacaton y Vassal evidencia en cambio una aproximación consciente a entender el proyecto como un suceso cíclico, en el que la tarea del arquitecto es la de propiciar que las fuerzas –atmosféricas, sociales, estéticas, ecológicas, etcétera– que operan en el proyecto antes y después de su construcción, fluyan inteligentemente. Estos dos casos hacen visible la relación entre el nivel de control ejercido por el arquitecto y el grado de apertura que los proyectos tienen a los acontecimientos a los que están sujetos. Una arquitectura menos definida, menos terminada y menos cerrada es más abierta a la transformación, al cambio y la apropiación por parte de sus usuarios.

La fantasía de la arquitectura atemporal defiende una idea de perdurabilidad asociada a la resistencia a los embates físicos y estilísticos del tiempo. Una arquitectura concebida como fenómeno cíclico entiende la perdurabilidad como incorporación y absorción de tales arremetidas.


1 http://oma.eu/projects/1998/maison-à-bordeaux

2 http://www.lacatonvassal.com/index.php?idp=25