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#5 Artesanal

Arquitectura de contactos - Carlos Mesa

Aceptemos que una casa de totora, emplazada en el lago Titicaca sobre una isla flotante (también de totora) y una silla de madera inmunizada, asentada en la costa Caribe sobre un deck (también de madera inmunizada), constituyen dos estilos diferentes de hacer inmersión en cierta «naturaleza virgen o aborigen».

Aunque la casa de totora (de naturaleza artesanal) pareciera estar claramente en su lugar y la silla de madera inmunizada (de naturaleza industrial) no lo pareciera, ambos productos, cada uno a su manera, nos aproximan o nos traen esos parajes nativos (hoy sin duda seudovírgenes), y nos brindan, al menos nos permiten evocarlo, el placer uterino que todavía fluye indómito en los restos de sus entrañas contaminadas. Más que su procedencia vegetal, es su constitución de tejidos leves, entreverados a la geografía y permeables al temporal lo que no deja de seducirnos. Más que su figura camaleónica, es su presencia fáctica o su configuración abierta lo que alienta el sentimiento. 

Entonces, cabe preguntarnos: ¿la proximidad, mejor la afinidad o complicidad emotiva que puede despertar el lago Titicaca o la costa Caribe en nosotros, ocurre solo de manera in-mediata?

—He creído pertinente la siguiente respuesta:

Loafín y lo contiguo de estos lugares nativos lo son, no por in-mediatos, no por la ausencia de un medio en la relación, sino por la presencia de médium en la experiencia de inmersión o de contemplación. Es decir, por el roce habitual comprometido con un cuerpo-artefacto (cuerpo inventado, creado, producido, imaginado…), entrometido pero abierto, ahí instalado; tercer cuerpo este que al ser rozado, los acoge y los trae al lago y a la costa seudovirgen hacia nosotros. (Y no porque su materia prima haya sido extraída puramente del mismo lago o de la costa, y no porque haya sido moldeada y transformada manualmente, sin máquina).

La totora transformada en fibra (hecha casa-isla) y la madera inmunizada (hecha silla-deck), situadas en el paraje seudovirgen, transportan, traen a nosotros el lago Titicaca y la costa Caribe. Diré, entonces, más fácilmente: el lago Titicaca y la costa Caribe se acercan, se aproximan en el médium casa de fibra-totora-isla o en el médium silla de madera-inmunizada-deck.

Esta respuesta la daría un artesano diferente al creado por la nostalgia que emerge de la cultura económica de la mercancía. La daría un «viejo artesano» que sabe que lo lejano o distante se aproxima en cualquier cosa sensible, cosa del sentir y del sentido cuando ha sido bien albergada.

Situados ahí, artesanal es el estilo propio del contacto emotivo: aquel que ocurre cuando los cuerpos separados, al frecuentarse, al encontrarse y rozarse repetidamente, se pueden ir erosionando mutuamente. Aquel que ocurre cuando estas erosiones plásticas, mediante la labor de arte, se apelmazan o aglutinan en otro cuerpo, el tercer cuerpo o la incorporación del evento o de la experiencia placentera. Porque los reúne o los enlaza, porque ahí, en él, habita el encuentro fortuito o calculado, pasado o por venir.

Este es el sentido al que queremos darle cabida en la expresión «lo artesanal»: Mecánico, industrial o postindustrial; orgánico, maquínico o cibernético… Más allá de estos calificativos, lo artesanal es lo que se deja tocar, lo que nos toca o lo que ocurre cuando toco, cuando soy tocado por algo o por alguien.

En vez de alejarnos al entenderla como un producto manual hecho sin mediación de la máquina (procedimiento hoy improbable), la artesanía podría más bien acercarnos al considerarla no como un producto terminado sino como el estilo humano de un potente aparecer: como la manera poiética —diferente para cada cual— de disponerse a sentir y a ser sentido uno por algo o por alguien, cuya cercanía desea. Es decir, como el modo plástico del flujo de lo viviente, modo de impregnación, «moda personal» de situarse, juntos o reunidos, los que se quieren.

Artesanal sería, entonces, la organización singular de dos cuerpos insensibles en uno tercero que los torna sentidos: en el cuerpo del roce mutuo que los vincula; tercer cuerpo este que alivia o sosiega su soledad cultural y que los distingue de otro. Y cada artesanía sería un cuerpo peculiar de contacto, una arquitectura singular de contactos o, lo que es lo mismo, el ero-grama específico de cualquier lugar humano.