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#7 Misterio

Color verde misterio - Gabriel Díaz Montemayor

Es ampliamente conocido el déficit crónico de áreas verdes y espacio público en las ciudades del mundo en desarrollo y en Latinoamérica. Sin embargo, frecuentemente, aún cuando hay la disponibilidad de abrir e inaugurar una relación con este tipo de espacios, no nos acercamos a la naturaleza que contiene a las ciudades. Sea en latitudes septentrionales, tropicales o australes, en buena medida, esta naturaleza es ignota.  

En zonas áridas, las extrusiones verdes y lineales que emergen de los llanos se entienden no como corredores traspasables, accesibles y transitables por dentro, sino como barreras duras y espinosas. Igualmente en los trópicos, los macizos verdes son como cubos gelatinosos de la imaginación medieval. Ambos casos son percepciones derivadas de la distancia, no respeto, que le guardamos.

Sí, podría ser que las culturas mestizas latinoamericanas cargan aún con gran peso en relación a lo desconocido, adquiriendo esta condición un significado que va más allá de lo espacial, llegando a ser metafísico, espiritual o de plano supersticioso. En cuanto al sentido de la naturaleza como parte de la vida diaria hay mucho de premoderno en la vida urbana de Latinoamérica. Esta condición adquiere tamices casi míticos al prevalecer ideas propuestas por el imperialismo y colonialismo de siglos, y de décadas, pasados en nuestro híbrido imaginario colectivo. Pareciera que estamos apenas leyendo y viviendo las historias de los exploradores europeos en América. El colapso, la derrota urbana, que comunican los dibujos de exploración de las ruinas mayas firmados por Catherwood son todavía vigentes ante los (mínimos) esfuerzos para entender la naturaleza de los trópicos. Entre tanto que en el norte como en el sur, el frugal estoicismo de la vida del vaquero, el viejo oeste, la frontera (en el sentido de época que separaba lo dominado de lo contrario) o el gaucho, inhiben al hedonista urbano.

Eso es lo que quisiera pensar.

Aunque debemos enfrentar la disipación del encanto de ese misterio por vía de nuestros prejuicios sociales. Entrar ahí es salir de acá. Es entrar allá, donde no estarán únicamente los que quisiéramos. La continuidad de esa naturaleza urbana es inevitablemente diversa y, en consecuencia, es rechazada por sociedades sumamente estratificadas y segregadas que actúan de arriba para abajo.

A pesar de los graves problemas de salud pública y de convivencia social que existen en la región, no se logra elevar a un plano de mayor jerarquía todo lo que tiene que ver con una verdadera política de provisión de espacios urbanos verdes y de activación de naturaleza adyacente o inmersa en el tejido urbano.

En nuestra planeación urbana, por lo general, el verde es en realidad (¿convenientemente?) desconocido. No se sabe qué es pero disfrutamos de pintar y dibujar mapas de usos de suelo y de políticas de preservación y manejo territorial en varios tonos de color verde. Al hacerlo se cumple con lo genérico, pero se abandona lo específico. El misterio es también producido por evasión.

Hay una carencia de especialistas en el manejo de eso pintado de verde en la región. Tiene que ver la ausencia de programas académicos de arquitectura de paisaje, diseño urbano y planeación ecológica. De este vacío se parte hacia una administración pública que no ha buscado o encontrado el apoyo técnico necesario. Y de la suma de ambas se explica la inexistencia de un marco legal que califique y cuantifique a los misterios verdes. En consecuencia, hay una carencia sistemática de infraestructura y prácticas de urbanismo que nos pongan en relación a la naturaleza. Los breves, y a veces convulsos, tiempos políticos tampoco ayudan a favorecer la implementación de programas y proyectos que deben de considerar los múltiples años que lleva el establecer y consolidar ya no digamos un parque natural, sino un árbol.

Hoy, el resultado final es la sobre-simplificación de la complejidad inherente a la naturaleza urbana en la desafortunada forma de ‘área verde’. Y una vez que a lo verde se le va el color o al área el programa, se nulifica, se devalúa y desaparece. Y con ello, la continuidad del misterio prevalece. Pero ya no es el mismo, sino uno nuevo: aquí había un área verde pero se secó, ahora tenemos un baldío; aquí no se puede, nadie lo cuida, se roban los árboles, las mangueras, el cableado y hasta los juegos infantiles; hay malvivientes, perros y basura. Tan culpable es ese verde que huyó; tan inadecuados los programas, que fueron absorbidos de nuevo por las ramas.

Más nos vale no apostarle a este misterio.