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#4 Reforma

Media arquitectura - Juan Camilo Ramírez

Me declaro arquitecto medio. Esto puede significar que estoy a medio camino de algo, quizás de algo mediocre; o puede querer decir que soy un canal, una prótesis, un médium. Recién graduado, como estoy, mi acercamiento al mundo de la construcción es nuevo. ¿Me falta experiencia y profesionalismo? ¿debo empeñarme en las cosas que ya intuyo?

Hace poco tuve la oportunidad de reformar el restaurante de un viejo amigo que había ido adaptando el lugar durante once años bajo el calor y el ritmo del Caribe colombiano. El local, ubicado en la ciudad vieja de Cartagena, tiene tres metros de frente y seis de profundidad. Antes de la reforma albergaba a siete empleados que cocinaban incómodamente en la mitad del espacio. Si a esto le añadimos el área que ocupaban los equipos y máquinas de trabajo, no quedaba mucho espacio para los clientes.

El lugar conservaba aquel encanto propio de la mayoría de restaurantes pequeños en las ciudades turísticas: la personalidad del dueño, chef y mesero a la vez, consigue traducirse directamente en el ambiente del local. Sin embargo, después de once años de crecimiento constante del negocio apareció la oportunidad de ampliarlo al local vecino. Para hacer esto mi amigo me invitó a pasar dos meses en el paraíso cartagenero.

Mi intención inmediata con la reforma se dirigió a mejorar las condiciones de la estación de trabajo –cocina, preparación– y la calidad del espacio para los siete empleados, habitantes permanentes del restaurante. Pensaba que mi labor, en lugar de construir una arquitectura parecida a la que el negocio había logrado durante once años, era ofrecerle a mi amigo un nuevo lienzo para que él siguiera desarrollando su voluntad estética. Para que nuevas circunstancias ocuparan el espacio.

Construí la ampliación desde el sitio, tomé todas las decisiones en la obra, me pasé a vivir allí. Garanticé espacios cómodos para el comedor interno, los baños y la cocina. Dibujé en el sitio de la reforma en mi computador, en una libreta, en el papel que encontraba por ahí. Armé figuras con bloques y pitas, hice mímica y pinté con tiza cuanto fuera necesario para explicar y acordar algo. Mi amigo participó activamente en el proceso, dedicamos tardes enteras al ejercicio de la arquitectura, las cosas fluyeron, y las necesidades, los gustos y las soluciones se acompasaron fenomenalmente.

Al final el restaurante no es más que un muro que divide inteligentemente los espacios de trabajo de los espacios de estancia y circulación; un muro curvo y oscilante, que se vuelve barra, ventana y banca.

Entonces esta idea de ser arquitecto a la mitad me asalta, creo que quiero mantenerme ahí, aportar mis conocimientos a algo que ya estaba consolidado para que sea después mi amigo u otro habitante cualquiera el que ponga lentamente lo que resta. Me interesa la arquitectura que quiere ser una reforma.