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#4 Reforma

Mercado, valor y tiempo - Raúl Sánchez

Proyectar una reforma introduce una característica que cada vez escasea más en la cultura y sociedad contemporánea: reusar un espacio, volver a utilizar un lugar adaptándolo a los nuevos requerimientos. Los ritmos económicos y de mercado que nos dominan desdeñan la reutilización, el valor de cambio disminuye considerablemente cuando los objetos son usados y la publicidad intenta una y otra vez hacernos adorar el objeto nuevo, el auténtico fetiche.

De hecho, los diseños minimalistas –usando la palabra en su acepción más reductiva e inmediata, es decir, la que se refiere a la escasez de medios y significados– acompañan de manera perfecta esta fetichización de los objetos, ya que a menor confluencia de significados, a menor posibilidad de interpretación y mientras más fácil e inmediata sea la imagen del objeto –aún sin usar–, más se manchará, estropeará y envejecerá con el uso, y por lo tanto, incrementará la pérdida de valor de cambio. Y así, más temprano que tarde lo querremos reemplazar para seguir haciendo funcionar la máquina del mercado.

La marca Apple es el perfecto ejemplo, sus objetos aspiran a ser puro fetiche –en las tiendas de Apple hay más fe y fieles que en cualquier iglesia, mezquita o lugar de culto religioso–, y es por esto que siempre me sorprende pensar en su símbolo: una manzana mordida, imperfecta, que ya ha sido usada, y que por lo tanto ha perdido mucho de su valor original.

También, en un entorno más personal, cada vez tenemos más la sensación de que hay una parte de nuestra vida que se desarrolla en entornos intangibles, llámense redes, nube o como sea, y quizá la aparición de lo vintage sea un reclamo para volver a identificarnos con un ambiente más 'real'. Una manera de alcanzarlo es mediante los objetos de segunda mano –más reales porque ya han tenido una vida previa– que desde el punto de vista del mercado están por fuera del circuito de consumo. Pero quizá lo vintage sea, antes que una postura ideológica, una moda más que impone el mercado.

En España, desaparecida la inversión pública para los próximos años, el ámbito de las reformas y de la reutilización de espacios es la alternativa que tenemos como arquitectos para continuar desarrollando una práctica profesional basada en la construcción. En el caso particular de las viviendas, el gusto por habitar espacios con historia crece cada día entre aquellos que aspiran a ser propietarios, y mientras más historia y más tiempo haya tenido una vivienda, mayor aceptación adquiere. Y así, quizá sin darnos cuenta, los arquitectos estamos llevando a cabo una labor contracultural y urgente: reutilizar, reusar, volver a dotar de valor a lo viejo sumándole un nuevo tiempo, no imponer objetos nuevos por el simple deseo de consumir la novedad. Quizá sea una visión demasiado heroica, y simplemente se trate de una adaptación a las oportunidades actuales sin matizarlas desde ángulo crítico alguno.

Enric Miralles solía decir que a él le interesaban los espacios en los que no se podía adivinar tan claramente qué era nuevo y qué era viejo, o cuál era el tiempo de cada elemento. Algo así anularía el valor de cambio y de uso tal cual lo entiende la óptica neoliberal. Recuerdo la Mezquita de Córdoba: usada, ampliada, reformada y reusada a lo largo de los siglos; en ella cada nuevo tiempo de construcción se suma a los anteriores. Quizá ahora, después de muchos años de modernidad entendida (en este caso mal entendida) como ruptura con la historia, nos toca volver a reconciliarnos con ella, ya no como negación o superación, ni como juego sintáctico o modelo, sino como tiempo de construcción al qué sumar nuestro nuevo tiempo.