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#4 Reforma

Una vivienda carga las otras - Miguel Mesa

Desde que me fui de la casa de mis padres a vivir con mi chica, hace ya doce años, he ocupado seis apartamentos.

El primero de ellos era un piso en Barcelona en el que habían vivido por periodos consecutivos grupos de estudiantes de maestría. Cada año, más o menos, se renovaba el grupo de habitantes, el piso se entregaba a alguien conocido y este se encargaba entonces de ponerlo a su nombre y conseguir los demás inquilinos. Pueden imaginar lo que era este apartamento, una colcha de retazos. El dueño nunca aparecía. Cada quien llevaba lo que le convenía: utensilios, muebles, aparatos, entrepaños, ladrillos. El balcón acumulaba bicicletas, plantas, lavadero y la ropa tendida. Recogíamos en la calle todo lo que pudiera servir. El inmueble era viejo pero cada nuevo inquilino insistía en atravesarlo, reformarlo, pintarlo, decorarlo, ponerlo un poco mejor.

En Bruselas viví primero en el ático de una casa típica de manzana, casa estrecha en el frente, cuatro pisos. Una pareja de amigos de edad avanzada eran los dueños de la vivienda y nos prestaban la habitación superior, antiguamente cuarto de una de sus hijas que ahora vivía en otro país. La casa era vieja pero tenía encima dos o tres reformas grandes que podían percibirse y que funcionaban muy bien; aunque el patio estaba un tanto deteriorado en sus jardines era muy agradable comer allí. Lo fantástico de la habitación era que aún conservaba los muebles, libros, plantas, afiches, películas y decorados de la persona que había vivido en ella por décadas. Nosotros nos sentíamos haciendo pequeñas modificaciones a sus gustos, empujando una mesita, doblando una página a libros que sabíamos ella había releído.

Pero no podíamos abusar de nuestros amigos demasiado, así que arrendamos un pequeño flat en una casa aún más antigua que la anterior, casa también de manzana, que una pareja de belgas flamencos habían dividido en ocho apartamentos. La reforma era muy forzada y se notaba el deseo de exprimir el espacio al máximo. Sin embargo el pequeño apartamento estaba bien: dos habitaciones comunicadas –habitación con cama más salón–, dos grandes ventanas a la calle en tercer piso, una de ellas con un balconcito, baño completo encajonado y pequeña cocina con barra abierta. Se habían esmerado en dotar bien el apartamento. Cada semana nos ofrecían algo y veíamos que subían a los apartamentos restantes mobiliario, taladros, cosas de ese tipo.

Al regresar a nuestra ciudad decidimos reformar una habitación que existía en el fondo del garaje de la casa de mis suegros y que había tenido múltiples usos en el tiempo: carpintería, cocina externa a la casa, cuarto oscuro, almacenaje. La convertimos en un pequeño apartamento. La ventaja que tenía era que por sus usos anteriores estaba muy dotada, y que con solo hacer un vano y poner una escalerilla de madera con tres peldaños para subir, podíamos anexar esa habitación con la que algún día había sido para la empleada doméstica y que ahora permanecía vacía. Ese cuarto tenía el baño afuera, en dirección al patio de ropas, así que también lo anexamos mediante un biombo para adquirir completa privacidad. La verdad es que logramos ajustar ese espacio a nuestra medida y estábamos rodeados de jardines y árboles. Cocinábamos de modo independiente y cuando los autos no estaban aparcados teníamos una terraza cubierta de altura y media.

Mientras vivimos en el garaje fuimos ahorrando y pagando por cuotas mensuales un apartamento en un edificio de vivienda social. Se trataba en realidad de un proyecto en planos que habían diseñado amigos y profesores nuestros, un conjunto de edificios de seis pisos sin ascensor donde te permitían comprar la obra negra y construir la obra blanca como te pareciera. El diseño era muy bueno. Todo esto a nosotros nos venía muy bien: mientras pagábamos ellos construían. Cuando nos entregaron el esqueleto lo recibimos y lo fuimos haciendo, pusimos el piso que quisimos –baldosa de granito–, abrimos el baño hacia la habitación, no levantamos un solo muro. Probamos cosas. Lo volvimos un guante a nuestra medida. Si nos fuimos fue porque estábamos cansados de subir seis pisos con un bebé, una pañalera y un cochecito varias veces al día y porque venderlo era buen negocio.

Con el dinero de la venta y un crédito hipotecario compramos el apartamento donde vivimos ahora. Estuvimos buscándolo un año largo. Mirábamos y mirábamos edificios y nada nos parecía adecuado. Rápidamente entendimos que de acuerdo a nuestro modo de vida nos vendría mejor comprar un apartamento usado y reformarlo según nuestros criterios. Así que estuvimos viviendo en este apartamento tres años tal y como lo adquirimos, mientras ahorrábamos para reformarlo. Hace un año y medio empezamos la reforma: dos nuevos baños, apertura de cocina al salón y traslado de zona de ropas y lavadora, cambio de ventanería y puertas corredizas a la terraza, nuevo piso para la cocina y el salón, nuevo mueble biblioteca, reforma del vacío de la escalera para ganar dos nichos que necesitábamos como armarios y en fin, un montón de cosas pequeñas que no alcanzo a mencionar aquí.

Es curioso, pero diría que nuestro actual apartamento es una suma de los anteriores, un lugar que los absorbe y reúne de modos insospechados.